A continuación reproducimos la introducción del libro "De Frente", la más reciente publicación del senador perredista Carlos Navarrete.
A lo largo del texto, Navarrete delínea sus orígenes y carrera política. Al final, el senador puntualiza una suerte de propuesta de gobierno, que bien podría convertirse en la bandera de campaña de su intento por llegar a la jefatura de gobierno del Distrito Federal.
Aquella mañana del 31 de agosto de 2006 salí de mi casa después de despedirme de mi esposa y de mis hijos. Iba a rendir protesta como senador de la República. Y ello en medio de la peor crisis política de los últimos años, derivada de las elecciones presidenciales más reñidas de la historia de México.
Comicios en los que Felipe Calderón había obtenido, según cifras oficiales, alrededor del 36 por ciento de los votos, mientras que Andrés Manuel López Obrador, el 0.56 por ciento menos, lo que tenía al país en vilo. Enfilé hacia el centro histórico de la gran ciudad, y cuando transitaba el Eje Central Lázaro Cárdenas, recordé una frase que recientemente había leído: "El hombre no llega hasta donde le dan sus capacidades, sino hasta donde se lo permiten sus limitaciones". Entonces las imágenes se fueron sacudiendo una tras otra, como en una vieja película blanco y negro.
Recordé mi infancia en Salvatierra, un pequeño municipio del Bajío guanajuatense. Ahí nací en la más completa pobreza y crecí en una familia que aún ahora encarna el drama de quienes abandonan el campo y el arado con la esperanza de instalarse en la ciudades,. La vida no había sido fácil. Y, sin embargo, ahí estaba, en el más alto cargo de mi carrera política, iniciando el primero de mayo de 1975, a los veinte años de edad, cuando ingresé a uno de los recién formados partidos de izquierda. Una trayectoria que me permitió ocupar cargos partidarios y legislativos, ya fuera en el municipio en el que crecí, Celaya, en la Cámara de Diputados o la dirigencia del PRD, partido que contribuí a formar en 1989. Siempre en la izquierda, siempre a contracorriente, me había formado en la dura escuela de autoaprendizaje y el esfuerzo. Tenía las huellas de los triunfos y fracasos, que en mi caso, eran parte de la experiencia acumulada. Al llegar a la calle de Donceles, mi auxiliar dobló a la derecha y paró el automóvil frente a la vieja casona de Xicoténclatl, sede del Senado. Bajé del vehículo y caminé hacia la puerta. Recorrí con cierta lentitud la distancia que me separaba de la entrada., en medio de periodista y fotógrafos con quienes he tenido por años una cercana e intensa relación. Atravesé el patio central y, al hacerlo, no pude evitar mirar de reojo la estatua del senador Belisario Domínguez, con su imponente estatura, su carga histórica y el simbolismo que claramente representaba. Llegué a la oficina del grupo parlamentario del PRD, la bancada de senadores más grande que ha tenido la izquierda en su historia, y me senté en el sillón privado.
Y aquí estaba. Se la debía a mis hijos, a mi esposa, a mis hermanos y amigos. Se la debía a mis compañeros de partido. Se la debía a los ciudadanos que, en un acto de confianza, han llegado a votar por mí.
Tenía que escribir la historia de una vida que es la historia de muchos. La de aquellos hombre y mujeres que han logrado construir una trayectoria, una carrera de servicio, una familia, una vida diferente a la que vivieron en sus primeros tiempos de existencia. A lo largo de treinta y seis años de carrera política congruente y honesta he conocido tantas vidas que se parecen a la mía, pero que nadie cuenta. Yo he decidido hacerlo, como un ejercicio de transparencia para mostrar quién soy, de dónde vengo, cómo me he formado, qué he hecho por mi entorno social y qué es lo que tengo. Lo hago con plena conciencia de que en la política mexicana hay una práctica de ocultamiento de trayectorias, de construcción artificial de imágenes públicas, de historias de éxito que pretenden mostrar los que no se es, de avergonzarse de las derrotas y sólo exhibir los trofeos de las victorias. Yo he decidido que vale la pena romper con esas prácticas. Y aquí está el resultado. Pronto sabré si pude lograrlo.
Aquella noche del 2 de julio de 2000 todo se me vino encima. Mis sentimientos viajaban de la alegría a la tristeza. Todo junto. Todo al mismo tiempo, sin posibilidad de separarlos. Esa vez yo manejaba mi Dodge 97, me dirigía a la vieja sede del PRD, en Monterrey 50. Había dejado la casa de campa del ingeniero Cuauhtémoc poco después de las siete de la noche. Circulaba por avenida Chapultepec cuando decidí sintonizar la radio. Estaban anunciando que el presidente Zedillo daría un mensaje a la nación. Hablaría de la elección presidencial. Para escuchar bien, sin prisas, me orillé casi frente al acueducto. Fue un impacto brutal. La voz de Zedillo retumbó en mis oídos y en el coche, y provocó que todas mis emociones se movieran como badajo de campana: el gusto por la derrota del PRI.... El sabor amargo por la derrota del PRD. Y me dije: veinticinco años luchando por buscar el cambio y le toca a otro ser el que se lleva las palmas. Todo esto que inició en 1988, que habíamos sembrado desde la izquierda, lo cosechaba Vicente Fox y los de la derecha. Y me preguntaba: ¿ganamos? ¿perdimos?
Las dos cosas. En mi auto hice el recuento de veinticinco años de esfuerzo. Mis primeros pasos en Guanajuato. El PST, el PMS, el PRD. Las tres campanas de Cárdenas y su victoria en la Jefatura de Gobierno. La dirigencia nacional. Todo. Entonces recordé aquel momento en que yo había decidido entrar de lleno en la política.
Fue una tarde de 1976, en Celaya. Había invitado a Rosa María a salir. Ella me tomó del brazo y caminamos por la avenida principal. Todavía no nos casábamos y yo tenía apenas un año de haberme incorporado al PST. Los dos éramos muy jóvenes: ella andaba por los diecisiete años y yo en los veinte.
-Tengo vocación política- le dije en la caminata-, ése es mi gusto y mi convicción, pero tenemos que tomar una decisión: ¿qué va a ser de nuestras vidas?
Le planteé los dos caminos. El primero consistía en que ella terminaría la carrera de enfermería, yo seguiría trabajando en la Secretaría de Hacienda, conseguiríamos un pequeño crédito para un departamento, esperaríamos los hijos, compraríamos un carrito en abono y dentro de treinta años ambos nos podríamos jubilar. El segundo era que yo me fuera por la militancia política sin saber a dónde nos llevaría.
-No tengo nada que ofrecerte -le dije-, quién sabe qué vaya a pasar con nosotros.
Ella me escuchó pacientemente, como si después de lo que decía fuese a presentar un examen,. Entonces me dijo: -Mira, Carlos, yo creo que hay que hacerle caso a nuestra conciencia y a nuestro corazón, contra todo y contra todos. Ya sabes que te amo y cuentas conmigo. Ésa es mi decisión: estar juntos y caminar la vida, aunque no sepamos para dónde nos lleve. Un año después de esa plática nos casamos, y, en 1979, abandoné el trabajo en la Secretaría de Hacienda. Literalmente, desde 1979 y hasta 1982, el sostenimiento de mi actividad política corrió a cargo de mi esposa. Ella sostenía la casa, pagaba la renta, la luz, el teléfono, se encargaba de la alimentación, cuidaba a mi hijo y todavía financiaba mis viajes a la Ciudad de México. Fueron, por así decirlo, tiempos heroicos.
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