
Ya nadie duda de que el próximo 3 de julio el candidato del PRI, Eruviel Ávila, se alzará con un triunfo aplastante sobre Alejandro Encinas y Luis Felipe Bravo Mena.
Sin embargo —y a pesar de que la victoria del candidato del PRI podría superar en 30% de votos a los aspirantes del PRD y el PAN—, la gran duda es lo que veremos la misma noche de ese 3 de julio, cuando se haga público el triunfo de Eruviel Ávila.
Es decir, que muchos creen que, al confirmar lo que hoy todos saben —la derrota aplastante de amarillos y azules—, los aspirantes Encinas y Bravo Mena intentarán, desde el mismo 3 de julio de 2011, la demolición de la elección presidencial de 2012. ¿De qué estamos hablando? De una de las perversidades políticas más acabadas; que en el Edomex empezará la reedición de la experiencia de julio de 2006; que si no le da el triunfo a la izquierda, veremos la descalificación de toda la elección. Por si tienen dudas, vamos por partes.
Resulta que todavía hoy —a dos semanas de los comicios del 3 de julio—, pocos saben, a ciencia cierta, la razón por la que Andrés Manuel López Obrador hizo todo por reventar la alianza PAN-PRD en el Estado de México. Está claro que es impensable que AMLO haya creído que su candidato, Alejandro Encinas, fuera capaz de derrotar a Eruviel Ávila. Aun así, buena parte de las llamadas izquierdas se han empeñado en construir un grosero engaño colectivo: que Encinas podía ganar una elección que técnicamente tiene perdida, pues ya va 30 puntos porcentuales debajo del puntero.
Por eso la interrogante. ¿Qué hay detrás de una estrategia electoral —como la mexiquense— en donde la derrota del candidato de las izquierdas parece destinada a un espectacular triunfo mediático y político? Y es que, por increíble que parezca, resulta que la democracia mexicana es tan virtuosa que puede arrojar victorias notables aun a partir de derrotas aplastantes. ¿Por qué?
Porque en el Estado de México de 2011 veremos el nacimiento de la mayor bandera electoral para combatir al PRI en 2012. Es decir, que a partir del resultado electoral mexiquense —que ratificará una victoria apabullante del tricolor—, la izquierda de AMLO y la derecha de Calderón enarbolarán el triunfo del PRI como el mejor ejemplo de las prácticas electorales que —en opinión de la derecha y la izquierda— no puede seguir ocurriendo en México.
Pero el verdadero creador de la ingeniosa estrategia de reventar la elección de julio de 2012, desde julio de 2011, se llama Andrés Manuel López Obrador.
Lo cierto es que —en el fondo— muy poco le importó a AMLO el triunfo de Alejandro Encinas. En realidad lo que importa al tabasqueño es troquelar en la conciencia colectiva la imagen de una elección —la mexiquense— donde "la mafia" política de Salinas, Peña Nieto y otras yerbas le arrebató el poder al pueblo bueno. Pueblo que, claro, representa AMLO. Y si tienen dudas, basta con revisar el discurso diario de Alejandro Encinas quien, por ejemplo, ayer domingo ratificó que lo suyo es el 2012. Dijo, "si el PRI sigue con las viejas prácticas electorales de la elección mexiquense, va a dividir a la sociedad en 2012".
Pero además, para uno de los más profundos conocedores de la clase política y de los procesos electorales mexicanos, Luis Carlos Ugalde, la noche del 3 de julio de 2011 veremos a Alejandro Encinas gritando a los cuatro vientos: "¡Fraude..!, ¡fraude..!, ¡fraude..!" Una suerte del mítico "¡al ladrón..!, ¡al ladrón..!, ¡al ladrón..!" Y a partir de esa elección y de esa bandera, la campaña presidencial de la izquierda y la derecha se podría convertir en una suerte de reedición de julio de 2006. ¿Por qué?
Como ya dijimos, porque más allá de simpáticas paradojas sobre el lodazal lanzado contra la elección de 2006, resulta que a partir de julio de 2011 la bandera electoral contra el PRI en dirección a julio de 2012 podría ser, precisamente, el resultado de la aplastante victoria del PRI en el Estado de México. En pocas palabras, que el PRI podría estar cavando su tumba rumbo a la elección presidencial, en tanto la derecha y la izquierda estarían dinamitando lo que queda —en cuanto a credibilidad, confianza, legalidad y equidad— de los órganos electorales, locales y federales. Al tiempo.
Por cierto, en el IFE dieron marcha atrás a la espinosa controversia sobre réplica. Sin embargo, vienen otros reglamentos aún peores, que hacen ver al árbitro electoral como actor político.
Itinerario Político - Junio 2011
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