Este viernes, el presidente de Alemania, Chrisrtian Wulff, renunció a su cargo tras un escándalo de corrupción y tráfico de influencias.
Desde hace algunas semanas, Wulff se había mantenido en el foco de los reflectores luego que un tabloide local lo acusara de haber ofrecido vacaciones pagadas a diversos hombres de poder, así como de utilizar un auto que le habría regalado una empresa automotriz.
El asunto causó revuelo porque la ley alemana obliga a los gobernantes a declarar todo regalo con un costo mayor a 50 euros, algo que el ahora ex presidente no hizo.
Por donde se quiera ver, más allá de los intereses políticos envueltos, la renuncia de Christian Wulff exhibe, por igual, una democracia consolidada y una cultura democrática al interior de la clase política alemana.
Es de llamar la atención que el segundo hombre al mando de uno de los países más poderosos de Europa y del mundo, decidiera abandonar su cargo debido –en buena parte – a la vergüenza frente a sus compatriotas y electores.
Evidentemente, este hecho contrasta con la falta de rendición de cuentas que caracteriza la naciente democracia mexicana.
¿O alguien se imagina un René Bejarano, un Arturo Montiel o un escándalo como el de los hijos de Martha Sahagún, en un sistema como el alemán?
Y lo que es peor, muchos de estos políticos no se limitan a ensuciar su reputación y a verse envueltos en escándalos por desvíos millonarios o tráficos de influencia; algunos como el mismo Bejarano o la señora Amalia García, todavía tienen el descaro de perseguir otros puestos de poder.
¿No les dará vergüenza llamar al voto luego de haber sido exhibidos como corruptos y rateros?
Además, vale la pena recordar que el presidente alemán dejó el cargo debido a los rumores que sembró un diario. Al momento, todavía no se ha realizado una investigación que compruebe los dichos.
Por el contrario –en el caso mexicano –, de poco o nada sirven los videos, los documentos, los testimonios y demás evidencia del cochinero de algunos políticos. En el mejor de los casos, la mayoría siguen con su vida sin rendir cuentas, en tanto que otros –los más descarados –, continúan con una carrera política marcada por la deshonestidad.
Y al final, nadie dice nada.
Christian Wulff renunció tras meses de acusaciones de hacer favores a amigos ricos a cambio de regalos como vacaciones pagadas y autos de lujo.
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