Dir: Xavier Beauvoi
Siempre con un ritmo pausado, De Hombres y de Dioses comienza mostrándonos la apacible vida de ocho monjes cristianos franceses cuyo monasterio se encuentra situado en medio de una población musulmana.
Contrario a lo que se pudiera pensar, estos monjes –la gran mayoría de edad avanzada- en ningún momento pretenden convertir a nadie al cristianismo, al contrario, se unen a las festividades de la comunidad, trabajan en conjunto, dan consultas médicas (uno de ellos es doctor), suministran medicinas y, claro, se visten con sus túnicas blancas para rezar.
Pero la paz y serenidad de este monasterio en comunión perfecta con su comunidad (los monjes conocen el Corán tan bien como la Biblia), se ve ensombrecida cuando un comando terrorista no solo amenaza y asesina a la población civil sino que además entra a la fuerza al monasterio para exigir se les entreguen medicinas para su hombres caídos en combate.
Este encontronazo con la violencia crea un cisma dentro de este grupo de hombres de dios: algunos –aterrados- piensan en regresar a su país de origen, otros deciden esperar a tomar una decisión más calmada. Este dilema y su resolución afectarán no sólo a la comunidad donde viven, sino a su fe misma “¿Qué clase de pastor deja a sus ovejas a merced de los lobos?”
“Des hommes et des dieux” (por su nombre original en francés), es una cinta sumamente solemne (no podría ser de otra forma), llena de momentos contemplativos, con escenas donde los silencios y rezos de estos hombres contagian su comunión con dios. No es una cinta religiosa, pero si sumamente pausada y contemplativa (lo cual podría desesperar a cierto sector del público, poco habituado al cine pausado).
El ritmo lento de la cinta encierra en realidad una tensa calma: aquí lo que se debate es la vida misma en contraposición con los ideales religiosos. Ninguno de estos hombres es un santo y por ello tienen miedo, les preocupa su vida, pero también entienden el papel que su convento juega en la comunidad.
El director, Xavier Beauvoi, sabe construir un punto de quiebre entre la paz y la guerra espirituales con elementos tan sutiles como el silencio y las miradas. Su grupo de actores (entre los que se encuentra Lambert Wilson en el papel del líder del grupo de monjes y Michael Lonsdale como el apacible doctor) con el paso del tiempo se vuelve entrañable, incluso hasta las lágrimas en una escena donde, con música de Tchaikovski, se recrea una especie de última –pero alegre- cena.
No somos extraños ante el debate de qué hacer cuando la violencia toca tu puerta; los mexicanos lo vivimos día a día y nuestras opciones no distan mucho de las de estos monjes: salir huyendo o resistir, aunque esto último implique, como con estos hombres de dios, alzar la vista al cielo, y rezar más fuerte ante el sonido de la metralla.
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