Dir: David Yates
Más allá de la simpatía o menosprecio que un personaje como Harry Potter pueda despertar en el público, lo innegable es que esta creación de la escritora (y ahora millonaria) J.K. Rowling logró una hazaña que parecía imposible: puso a leer a millones de niños y jóvenes alrededor de todo el orbe. Claro, siempre estará presente el debate sobre si los textos de Rowling son o no literatura, pero eso es harina de otro costal.
Diez años después, luego de siete libros y ocho películas, la saga cinematográfica de Harry Potter llega a su fin dejando una estela de fans y un cúmulo aún más impresionante de dólares. La cintas que narran las aventuras del mago inglés, acumulan al día de hoy la friolera de $8,378,056,726 dólares en recaudación mundial, lo que la convierte de inmediato en el conjunto de películas más redituables en la historia del cine.
A estos números habría que sumarle lo que recaude esta última cinta, la segunda parte de “Las Reliquias de la Muerte”, libro que, por caprichos meramente económicos, fue dividido en dos cintas y cuya segunda parte, a pesar de que no se estrena sino hasta la noche de este jueves, ya tiene una recaudación de $32 millones de dólares por concepto de preventa de boletos (quienes quieran ver hoy la cinta, lo sentimos, es muy probable que ya no encuentren boletos).
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No obstante los fríos números, lo que es una realidad es que el cierre cinematográfico de la saga de Harry Potter deja satisfechos a propios y extraños. Contrario a lo que podría esperarse el final de Harry Potter viene revestido de cierto halo obscuro. Y es que la saga de Harry Potter es terriblemente autocomplaciente, es un hecho que Harry Potter debió morir, su historia a lo largo de todos los libros ha sido un constante escape de la muerte y el complot en su contra solo tenía un destino posible y ese era la fatalidad de la muerte. Claro, no es buen negocio matar al personaje principal cuando se trata de libros cuyo público principal son los niños.
Al haberse guardado el clímax de la historia completa justo para el final, era imposible que esta cinta no fuera más fluida y dinámica que las anteriores. Si acaso por eso resulta más disfrutable para aquellos que, como un servidor, no son precisamente entusiastas de una serie de películas que pecaban en el abuso de extensos diálogos, llenos de términos mágicos incomprensibles y aburridos para todo aquel que no fuera seguidor de los libros. Al fin estamos en una película de Harry Potter donde los diálogos se dejan de lado y la trama -¡bendito dios!- avanza hacia el lugar prometido desde el primer libro: la batalla final.
David Yates, el director de la cinta (con más experiencia en televisión que en cine), logra hacer de esa última batalla una secuencia emocionante, bien fotografiada y –sobre todo- creíble dentro de su propio contexto (no olvidemos que al final lo único que hacen los actores es apuntarse el uno al otro con unas varitas de madera).
Pero donde realmente sorprende esta cinta es en el tono. Mientras otros directores como George Lucas (responsable indirecto de que una saga como esta siquiera exista) hubieran recurrido al júbilo de sus personajes por la eliminación del mal encarnado en el villano (Voldemort), J.K. Rowling opta por un curioso desenlace de colores apagados, de sonido en off, casi deprimente y que aún en el muy optimista epílogo, deja encerrado un matiz de tristeza por parte de sus personajes quienes, cosa curiosa, pareciera que les cuesta trabajo sonreír.
Un final por demás digno a una saga que hizo del suspenso artificial su leitmotiv, pero que justo al final encuentra cierta redención cinematográfica con esta cinta que se olvida de los diálogos aburridos y se decide por ser simplemente una cinta de acción divertida, bien hecha pero relevante únicamente por ser, justamente, el fin de Harry Potter.
Aunque claro, luego de revisar los números, ¿usted realmente cree que este éste será el final de Harry Potter?, yo tampoco.
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