Por Luis Manuel ArellanoLa tentación de regular el uso de internet es global y ha tomado forma en la reciente Conferencia Mundial sobre Ciberespacio, organizada por el gobierno inglés con la participación de líderes, activistas y expertos de 60 países.
Independientemente de la diversidad de opiniones expuestas durante los dos días que duró ese encuentro, llama la atención la visión del ministro de Relaciones Exteriores, William Hague, anfitrión y de alguna manera ideólogo de esta cumbre, quien en distintos tonos ha señalado la importancia de reglamentar el uso de la red, lo cual supone no solo una hipotética revisión de contenidos sino también un freno al ritmo con el cual la red ha venido creciendo.
El canciller justifica la importancia de encontrar algún mecanismo de orden dado el "acceso incontrolado" de flujos, que estaría llevando a una especia de "inundación" de la red con actividades delictivas, incluyendo ataques cibernéticos dirigidos en contra de gobiernos y empresas, principalmente, si bien existen muchas expresiones más de crimen. Sus argumentos no son deleznables: un estudio inglés ha contabilizado 13.2 millones de transacciones criminales al año en la red, y también la creación de un mercado negro donde se negocian diariamente 40 mil documentos con información confidencial y datos financieros. El costo anual de esta ciberdelincuencia alcanza el billón de dólares.
Además de Inglaterra, China también ha impulsado la regulación de internet aunque motivada por otras razones. Como se ha difundido, en los últimos años el gobierno de ese país ha censurado y creado una política interna para neutralizar inconformidades sociales a través de redes sociales. Algunos regímenes políticos secundan esta visión motivados por alertas de seguridad interna, como las que marcaron la llamada primavera árabe. Ejemplos de represión vinculada a la red se han documentado en Tunez, Egipto y Libia, sin considerar las restricciones libertarias que se recogen en otras latitudes más cercanas como Cuba.
En general, dos son las corrientes que animan la reglamentación del ciberespacio sin contar -por supuesto- las que el mercado de las telecomunicaciones ha creado, bajo el principio de una competencia salvaje para ganar la carrera no solo en la producción y venta de dispositivos móviles, sino en la evolución de tecnologías de punta. Recuérdese cómo las grandes firmas se boicotean mutuamente y se demandan por robo de patentes e información.
En todo este escenario, sin embargo, es importante decir y subrayar que la red no es peligrosa para nada ni para nadie en sí misma; como no lo es ningún otro medio o sistema de comunicación. La red no ha traído nuevas formas de delinquir; es más correcto señalar que la delincuencia ha logrado montarse en sus expresiones. El riesgo estará siempre en el actuar de cada persona a partir de su libertad, pero éste es un obsequio ganado por la humanidad que debe permanecer y caracterizar al siglo XXI. Es la misma libertad que un delincuente tomará para robar bienes ajenos o alentar una guerra real, y es la misma libertad que un líder tomará para defender compromisos sociales, para crear bienes o para simplemente soñar. Elegir es una de las máximas expresiones de nuestra naturaleza y esa prerrogativa está escrita a lo largo de la historia. La red y sus dispositivos modernos deben asumirse sin adjetivos, como si duda hoy habría dicho nuevamente Nietzche: más allá del bien y del mal.
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Plumas Invitadas - Luis Manuel Arellano
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