Por Román Revueltas Retes
Hay un elemento del que casi no se habla en el tema del estadio vacío de Vázquez Mota: la puntualidad, la maldita puntualidad... O, mejor dicho, la jodida impuntualidad.
Somos incumplidos los mexicanos, eso es cosa sabida, pero, por si fuera poco, muchos hombres públicos (bueno, en este caso, utilizando el engorroso lenguaje políticamente correcto, hubiera yo debido escribir "muchos hombres públicos y muchas mujeres públicas", así como lo oyen, para cumplir con el debido acordamiento de los sustantivos masculinos con sus adjetivos masculinos y de los nombres femeninos con sus respectivos calificativos femeninos) se arrogan, cuales emperadores que ofrecen de manera muy dosificada su augusta presencia al populacho, el derecho de tener a las masas esperando durante horas enteras. No advierten, en su prepotencia y engreimiento, que reducen a sus seguidores a una condición de vasallos humillados, gente de cuya paciencia se puede abusar impunemente y cuyo tiempo —el tiempo es vida, no lo olvidemos— se puede desperdiciar sin mayores problemas porque, a los ojos del que llega tarde, no vale nada.





