Por Manlio Fabio Beltrones.A continuación reproducimos el prólogo que Diego Valadés escribió para el más reciente libro del priista Manlio Fabio Beltrones.
En su texto, Valadés ofrece un diagnóstico actualizado de la política mexicana; al mismo tiempo que delinea –casi a la par –, la trayectoria de Beltrones y las propuestas del sonorense.
Hace tiempo que el senador Manlio Fabio Beltrones viene reiterando que el Partido Revolucionario Institucional nos debe decir a todos los ciudadanos para qué regresar a la Presidencia de la República. En un acto de congruencia el senador ha decidido formular la propuesta que aparece en las páginas de esta obra. Considero que se trata de un auténtico manifiesto político, en tanto que hace una declaración pública de propósitos, de interés general. Se presentan aquí respuestas a las cuestiones más acuciantes en nuestro país: equidad, justicia, bienestar, seguridad, desarrollo, representatividad, responsabilidad política.
El senador Beltrones alude a la celebrada expresión de Jesús Reyes Heroles cuando en 1975, cercano el momento de la unción del candidato presidencial, sostuvo que "primero el programa y luego el hombre". El significado de estas palabras era dual porque podía referirse a una prelación en el tiempo: el programa debía anteceder al candidato; o a una prioridad por la importancia: el programa era superior al candidato. En aquel momento se sabía que Reyes Heroles le daba el sentido temporal, pero en el nuestro también incluye el jerárquico. Lo que hoy el senador Beltrones nos dice es que sea quien fuerte el candidato de su partido, e incluso el presidente, lo que debe contar es el compromiso con un programa.
La identidad partidista permite a los ciudadanos ubicar la orientación de las figuras descollantes de la política nacional. No se espera que todos los miembros de una organización piensen igual; lo que se espera es que su pensamiento siga, con los enfoques propios de cada dirigente, una trayectoria predecible. Cuando predomina el pragmatismo, el ciudadano se queda sin referentes para valorar la posición de los políticos.
La previsibilidad de las conductas de los agentes políticos es una forma de seguridad para los gobernados. La discrecionalidad de los gobernantes auspicia la arbitrariedad y la de los políticos propicia el engaño. En los sistemas autoritarios los gobernantes se desvinculaban del cumplimiento de las normas porque ellos eran quienes las dictaban; ahora es frecuente que los dirigentes políticos se distancien de los compromisos doctrinarios y los sustituyan por ofrecimientos materiales, porque así quedan libres para alterar la orientación del Estado.
A los gobernados no nos importa tanto que se nos prometan escuelas o vías de comunicación, porque esas cualquiera las hace. Los que nos interesa es saber si seremos gobernados por personas competentes y honestas, o por improvisados y ambiciosos del poder; si en las políticas de ingreso y de gasto prevalecerán las orientaciones de bienestar social o las regresivas; si la estructura del poder dependerá de una actitud republicana o de una visión patrimonialista; si en las decisiones políticas prevalecerán criterios laicos o los confesionales; si se construirán consensos y coaliciones democráticas o el poder seguirá monopolizado por la minoría relativa que ocupe el gobierno; si las autoridades reconocerán sus errores o si profesarán el dogma de la infabilidad.
Lo que leemos en las páginas del senador Beltrones corresponde a definiciones ante esas disyuntivas. La obra tiene, además, la ventaja de la concisión. Invita a la lectura a todo ciudadano que se interese por las ideas de un político experimentado e influyente que nos expone sus ideas para que cada lector las conozca y analice, sea que luego las acepte o las controvierta. La esencia de la democracia de nuestro tiempo es la deliberación libre y responsable.
Numerosas consultas demoscópicas muestran la posición crítica de la ciudadanía hacia la política. La valoración dominante de los partidos, de los congresos, de los políticos y de la política misma, es baja. El fenómeno es más grave de lo que parece porque en otros tiempos y latitudes la despolitización fue precursora de regímenes autoritarios.
Frente al rechazo social por la política, hay políticos que responden a su vez desdeñando las preocupaciones ciudadanas. En este juego de exclusiones mutuas la ciudadanía y sus dirigentes se vuelven las espaldas. ¿Qué hacer para propiciar el reencuentro? Considero que el primer paso corresponde a los dirigentes porque los ciudadanos tenemos pocos instrumentos persuasivos más allá del voto. Pero las características tradicionales del sufragio no son suficientes para garantizar su ejercicio democrático.
El voto libre, secreto y periódico es un gran avance, pero se planteó en un contexto cultural muy diferente al actual. Hoy, además de libertad, periodicidad, y reserva, el voto debe ser informado, responsable y autónomo. En otras palabras, el ciudadano debe saber no sólo por quién vota sino a favor de qué lo hace; cómo elegir en las condiciones más objetivas posibles y cuáles serán las consecuencias de su decisión.
Las garantías para esas tres notas del sufragio son difíciles, pero hay una que resulta central: necesitamos que los dirigentes políticos nos digan qué pretenden hacer con el poder del pueblo.
En las páginas que siguen, el lector va a encontrar la propuesta de un político que ha dado un paso infrecuente: compartimos sus ideas sobre las responsabilidades del Estado en el México de nuestros días, para un futuro mejor. La actitud del senador Beltrones es una muestra de que toma la democracia en serio. La propuesta, como se verá, incluye un extenso planteamiento social y político.
El complemento entre las cuestiones social y política es importante hasta por razones históricas. Durante décadas muchos analistas de la Revolución mexicana minimizaron el papel de Francisco I. Madero aduciendo que sus planteamientos habían sido políticos y no sociales. En contraste, después se produjo un giro en el discurso y todo se centró en lo social con exclusión de o político. Este fenómeno era explicable en su contexto, pero nos llevó a un proceso que demoró el advenimiento de las instituciones democráticas en el país, a tal punto que incluso en nuestros días está muy extendida la creencia de que la democracia consiste sólo en el sistema electoral.
La experiencia demuestra el equívoco de separar lo social de lo político, porque las elecciones no son tan libres cuando los elegidos disponen de un aparato de poder sin control que da cabida a la corrupción y a la mediocridad. Una democracia gobernante incluye por igual la cuestión social y la cuestión política. Privilegiar una a expensas de la otra es nocivo para la sociedad y para sus instituciones.
México requiere un programa social vigoroso y novedoso y un remozamiento profundo de sus instituciones políticas. Lo uno sin lo otro sería insuficiente. Los programas sociales sin democracia institucional equivalen a paternalismo, y lo político sin lo social desemboca en modalidades de exclusión. Lo peor, claro, sería no hacer ni lo uno ni lo otro; lo idea, en cambio, consiste en abordar ambas tareas. Esto es lo que nos propone el senador Beltrones.
Un dirigente político tiene la responsabilidad de justificar su lucha mediante un proyecto democrático y una estrategia adecuada para llevarlo a cabo. Las estrategias habituales en una democracia constitucional son la elección y la conciliación. La elección tiene por objeto convocar el apoyo necesario para impulsar un proyecto, y la conciliación procura compaginar y complementar los diferentes proyectos que cuentan con sustento electoral para traducirlos en actos de gobierno.
El documento político que presenta el senador Beltrones está precedido por un panorama autobiográfico que permite conocer la ruta familiar y personal del autor; a continuación formula un diagnóstico que incluye dos tiempos: un decenio de frustraciones y un presente desafiante. A partir de ahí el senador concentra su atención en tres grandes áreas: la política, la social y la económica.
En cuanto a la política, la clave está en una certera expresión: "reformar significa distribuir el poder". Las circunstancias históricas explican por qué la Constitución de 1917 impuso un poder muy concentrado; pero en el curso de las décadas la sociedad ha evolucionado más que la estructura del poder. De ahí que el senador proponga reformar las instituciones, lo que incluye "la apertura del régimen presidencial", para mejorar las condiciones de gobernabilidad, el fortalecimiento del sistema representativo y la actualización del sistema federal. Una visión avanzada de la renovación institucional lo lleva a advertir la conveniencia de contar con instrumentos constitucionales que faciliten el respaldo legislativo para un gobierno compartido. Lo que está planteado es superar la tesis conforme a la cual quien gana la presidencia tiene el poder completo y lo ejerce en solitario.
El senador advierte que es necesario adoptar instrumentos de control de poder "para prevenir abusos, excesos o negligencia". Además, le parece indispensable elevar la calidad de quienes ocupan los altos cargos gubernamentales y facultar al Senado para ratificar sus nombramientos. El mejor funcionamiento de las instituciones políticas haría posible procesar las reformas social y económica que generen bienestar y desarrollo. Estos cambios tendrían efectos recíprocos que potenciarían sus resultados positivos.
En la cuestión social el senador analiza las cifras que exhiben el creciente rezago de México en materia de bienestar, de empleo, de marginación y de equidad. Con el fin de enmendar las omisiones que han perjudicado a la población y de revertir los efectos de una política social y económica que ha propiciado esa situación adversa, plantea estrategias para reducir la desigualdad, implantar la seguridad social universal, y promover un desarrollo rural sustentable basado en la seguridad alimentaria y en el financiamiento suficiente y oportuno para la producción.
Para estar en aptitud de atender las legítimas expectativas sociales de bienestar, equidad y justicia, se hace indispensable "volver a crecer y a generar empleo". El senador postula que esos objetivos son posibles mediante una vigorosa política industrial y de infraestructura y con una eficaz acción educativa y de impulso a la investigación, además de dotar de autonomía a los órganos reguladores del Estado y de adoptar una reforma hacendaria integral.
Esa reforma ya fue propuesta en el Senado, aunque una constelación de intereses circunstanciales impidió su adopción. Son múltiples motivaciones que obstaculizan modificar los instrumentos tributarios y hacendarios en general. En el cado de Pemex es ostensible la intención de mantener su asfixia financiera para así ofrecer la impresión de que en tanto siga bajo la administración del Estado, su gestión será inviable. La realidad se leerá en las páginas de esta obra: la empresa está sometida a un régimen fiscal que hace imposible su desarrollo y que limita al máximo sus actividades de exploración e incluso la expansión de su infraestructura.
No habría empresa en el mundo que pudiera florecer con las cargas tributarias impuestas a Pemex. Además, hay claros indicios de que su nómina ha venido elevándose en función del clientelismo. Por ejemplo, a pesar de que entre 2000 y 2010 la producción diaria de petróleo disminuyó casi el 12%, pasando de 3,343 millones de barriles a 2,53, el personal corporativo de Pemex se elevó de 5,043 personas a 12,137, más de un 140%. En ese mismo periodo los gastos de administración aumentaron de 26,973 millones de pesos a 70,979, equivalentes a más del 160%.
El manifiesto del senador Beltrones aparece en tiempos difíciles para México porque la erosión de las instituciones ha alcanzado un nivel extremo. La política se ha reducido a su dimensión más primitiva: la búsqueda del poder para la satisfacción de intereses individuales. En esa lucha el discurso político se ha vulgarizado y no se ha tenido el recato mínimo necesario para evitar el desprestigio de las instituciones, incluida la Constitución.
La relación entre las instituciones y el entorno cultural obliga a un nuevo esfuerzo por recuperar la confianza colectiva en el calor de esas instituciones. Por ahora la sociedad mexicana transita en medio de la pobreza, de la violencia, de la arbitrariedad y de la medianía. Son muchos los miedos acumulados y muy pocas las ilusiones subsistentes. Existe el riesgo de que la desesperanza se transforme en desesperación. Celebro que un dirigente como Manlio Fabio Beltrones haya decidido exponer, en este manifiesto, sus ideas para una política mejor; la que merecemos todos los mexicanos, con o sin partido político.
En una ocasión un alumno me dijo que regresar al pasado no es tan grave cuando se vive en el antepasado, pero tampoco es eso lo que el país merece. Las restauraciones políticas son le resultado de un fracaso. Cuando se tiene que volver a lo que se quiso dejar porque algo falló. La idea de circularidad histórica es una falacia; también lo es la del progreso lineal. Todas las democracias constitucionales se han construido con aciertos y errores y la nuestra no está siendo una excepción. Por eso hay que clarificar el papel de las instituciones y reformarlas.
En un Estado de derecho los gobernantes se someten a las leyes votadas por los congresos, y en un Estado de democracia los gobiernos se sujetan a los programas votados por los ciudadanos. Las iniciativas de las leyes y de los programas pueden corresponder a una persona o a un partido, pero su aprobación incumbe a las asambleas representativas en el primer caso y al colectivo ciudadano en el segundo caso. En México el tiempo de las leyes dictadas forma parte del pasado, pero el de los programas verticales sigue siendo un vicio que nos acompaña.
Al someter a la deliberación pública un programa político el senador Beltrones reconoce la madurez de la sociedad mexicana. Los grandes problemas del país están exhaustivamente diagnosticados; lo que necesitamos discutir ahora son sus posibles remedios. Si en 2012 damos ese gran paso y además de debatir sobre los méritos de las personas lo hacemos también acerca de la pertinencia de las soluciones, estaremos en el camino de una verdadera democracia. Por no haber hecho antes ese ejercicio la ciudadanía ha sufragado por los individuos y no por los principios en juego. En el futuro cercano tendremos una nueva oportunidad de votar, pero esta vez habrá que hacerlo sabiendo lo que cada quien prefiere. Habrá que optar entre secularizado confesionalidad; entre control del poder o discrecionalidad; entre responsabilidad política o indemnidad; entre coalición o concentración del poder; entre distribución de la renta o exclusión. Las verdaderas disyuntivas de una democracia están en los programas, y es hacia allá que debemos avanzar.
No es sencillo que todas las reformas necesarias se consigan en el corto plazo. En contra militan los beneficiarios de la mediocridad imperante, pero a favor hay una fuerza social que augura mejores tiempos. Todos debemos tener presente una gran lección de la historia: el cambio es constancia.
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