En este momento, el Honorable Congreso de la Unión está en medio de tres escándalos poco o nada honorables.
1. El desembolso de unos 9mil millones de pesos para comprar un nuevo avión presidencial.
2. El gasto de 101 millones de pesos en un nuevo tablero de votación para la Cámara de Diputados. Y finalmente...
3. La falta de reportes con los qués, cómos, dóndes, cuándos y cuántos en los viajes de los Senadores durante los últimos 10 meses.
Vayamos por partes.
En el caso del oneroso avión, algunos legisladores –sobre todo del PRI– se han encargado de cuestionar la decisión de la Sedena. Más de uno asegura que "el horno no está para bollos" y que la economía mexicana obliga a las Cámaras a buscar un artefacto más económico.
Sin embargo, lo que estos funcionarios parecen no entender, es que la figura presidencial –en tanto jefe de las instituciones mexicanas–, demanda que se extremen las precauciones de seguridad durante los viajes del mandatario.
Es decir, que si se necesita invertir una fuerte suma en un avión –sobre todo porque la flotilla presidencial es harto deficiente– entonces hay que hacerlo. Y de poco o nada sirven los reclamos menores y berrinches sin fundamento, de unos cuantos legisladores que no terminan de entender la importancia del Presidente en un Estado como el mexicano.
El segundo asunto –el tablero de los 101 millones–, podría entenderse en una lógica similar a la del avión. Los diputados requieren estar a la altura de los congresos de otras partes del mundo, y para ello es necesario invertir en tecnología de buena calidad.
Por eso, si la tecnología del tablero implica un desembolso de 101 millones, es menester de los gobernantes y gobernados comprender que es importante invertir en los instrumentos necesarios para estar a la vanguardia.
¿O será que las voces que reprueban el nuevo tablero prefieren que los diputados trabajen con ábacos?
Y finalmente, quizá el único tema que debiera preocupar –y ocupar– a la opinión pública es la opacidad con que han viajado los senadores los últimos diez meses. Y es que la transparencia y la rendición de cuentas debieran ser inherentes al ejercicio del poder.
Como sea, hasta no conocer el monto de los viajes, sería inadecuado y poco serio emitir una opinión. Por lo pronto, basta con sumarse a la exigencia de apertura y transparencia, ya que no existe una justificación lógica –y legal– para ocultar el dinero que invierten los senadores en sus viajes.
Sobre todo, porque –como ocurre en los dos primeros casos–, no está mal gastar, pero es indispensable justificar y "desquitar" la inversión con una buena rendición de cuentas y resultados a la altura.
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24-07-2012