Por Alejandro AlemánDir: Woody Allen
Con el mismo tesón de un maratonista, Woody Allen ha filmado desde 1977 hasta la fecha al menos una película al año. Esto, contrario a lo que pudiera esperarse, le ha traído consigo más críticas que halagos.
Y es que, a cada nuevo estreno del prolífico director, nunca falta un séquito de críticos que lo destruyen por su osadía de filmar cuán enajenado, invitándolo mejor al retiro. Es cierto, nadie que se mantenga en ese ritmo de trabajo puede entregar siempre obras maestras, pero Allen vive de hacer cine, pedirle detenerse es pedirle que deje de respirar.
No obstante, tanto la crítica como el público han sido extrañamente benévolos y halagadores con esta, la cinta número 41 en la frenética carrera del director neoyorkino.
Paris, época actual. Gil e Inés son una joven pareja a punto de casarse, ambos llegan a la ciudad luz por un viaje de negocios. Mientras la familia de ella no encuentra la hora para regresar cuanto antes a América, Gil –un escritor frustrado- se maravilla con la historia cultural francesa y se pregunta si no será mejor quedarse en Francia. Algo extraordinario que sucederá a la media noche lo hará reforzar su opinión.
¿Por qué ha tenido tan buena recepción esta cinta? Simple, Midnight in Paris es encantadoramente y sencilla. Allen (¿quién lo hubiera imaginado?) hace una time travel movieque parte de una idea muy simple: imagina que pudieras conocer a personajes de la talla de Ernest Hemingway o Luis Buñuel antes de que sus nombres significaran algo.
De alguna forma que nunca se explica (en realidad no es necesario), Gil se transporta (siempre a la media noche) a la Francia de los años 20 donde conoce a un elegante F. Scott Fitzgerald, a un apasionado Hemingway, a una sabia Gertrude Stein, a un confundido Picasso y a un –ya desde entonces- disparatado Dalí.
La cinta toda es en realidad un gran juego donde se puede adivinar el gozo del propio Allen al escribirla. Mucho del encanto radica en la extraordinaria actuación (¿quién lo diría?) de Owen Wilson a quien le toca ser el “Woody Allen” de la película y cuya actuación nos hace partícipes de la admiración por estos personajes que delinearon el pensamiento del mundo tal y como lo conocemos ahora. En ese sentido (si, de nuevo, ¿quién lo diría?) Allen es en esta ocasión particularmente optimista: los ídolos de Gil son amables con él, ninguno lo decepciona, todos son fieles al cliché que tenemos de ellos.
El retrato moral del final tampoco parece muy trascendente, el director pretende hacer una crítica a todos aquellos que afirman vehementemente que “todo tiempo pasado fue mejor”. Allen aquí demuestra lo inútil del argumento y termina –junto con Gil, que en realidad es Allen mismo- abrazando con esperanza el futuro.
Una cinta encantadora, sencilla y gozosa, que nos muestra a un Allen en plenitud de facultades, contradiciendo a todos aquellos que ya lo quieren mandar a descansar. Nos vemos el año que entra, Woody.
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