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Por Mauricio Meschoulam

El 21 de junio terminó la primavera y comenzó el verano. Con ella parecen haberse marchado las promesas, por ahora. A pesar de esa dramática escena del dictador Mubarak enfrentando juicio, es tiempo de empezar a hacer algunos balances entre lo que se dijo, lo que se pensó, lo que está ocurriendo y lo que puede llegar a suceder en el, una vez más, convulsionado Medio Oriente.

Lo primero es reconocer que algo, en efecto, cambió. Jóvenes pobres y desempleados salieron a las plazas desde El Cairo hasta Baréin a expresar su descontento y enfrentar a las dictaduras, al autoritarismo y la corrupción. Los éxitos de Túnez y Egipto animaron velozmente a cientos de miles jóvenes más, que idealistamente soñaron con desenlaces similares. Periodistas y analistas del mundo entero contemplaban impávidos lo que sucedía y decidían rápidamente bautizar a esta ola de revueltas como la Primavera Árabe, en alusión a aquélla de Praga, inmersos en la ola de optimismo que prevalecía. Pero nuestra especie no siempre está preparada para responder a las generalizaciones. A veces, las diferencias sobresalen. Lo de Praga fue en mayo. Lo de Oriente Medio ni empezó en primavera ni termina con ella. Hasta hoy son solamente dos los dictadores caídos en toda la región, y cayeron en invierno.

Cierto, esta generación fue capaz de reproducir y retransmitir su inconformidad no sólo a través de su presencia en espacios físicos, sino en muchos casos en los espacios virtuales, contribuyendo así con efectos de réplica a velocidades que desconocíamos. Sin embargo, tras los primeros triunfos que estas revueltas consiguieron, los líderes y dictadores comprendieron que ante los riesgos que corrían, era indispensable ejercer todo el poder. Los movimientos sociales de pronto se toparon con la noticia de que los estados autoritarios no habían muerto. Con una capacidad de reacción notable, varios dictadores han sido hábiles para contener los ímpetus juveniles a través del ejercicio de su monopolio de la violencia, disciplinando para ello a las fuerzas militares. En algunos casos, una inteligente combinación de dádivas con coerción ha sido capaz de regresar a sus hogares a los miles que se inconformaban en las calles. En otros casos, la represión orilló a ciertos sectores de la población a continuar expresando su descontento, pero de manera violenta.

Así, nuestras ideas originales acerca de lo que esta serie de revueltas representaba, su capacidad de transformar sus entornos y sus potenciales repercusiones deben ser revaloradas. Cada vez que uno de estos movimientos triunfó y un gobernante caía se producía un efecto replicador que incentivaba a otras sociedades a hacer lo mismo. Del mismo modo, cada vez que un dictador se impone y consigue sofocar las manifestaciones se produce un efecto de desánimo replicable. No todas las sociedades tienen la valentía de los sirios, quienes pese a tanques y fusiles se mantienen en protesta.

Como resultado, varios escenarios se presentan para los distintos países de la región. En algunos, la democracia —en alguna de sus variantes— quizás sea el resultado de un arduo proceso que evidentemente tomará más de unos meses. Incluso en sitios como Túnez o Egipto hay prácticas sociales bastante arraigadas como la corrupción que no serán erradicadas en el corto plazo. Pero, desgraciadamente, esta serie de movimientos ha desencadenado también otro tipo de tensiones que en muchos casos están sobresaliendo por encima de otros elementos. En Libia o en Yemen, debido a las rivalidades, desde lo tribal hasta lo familiar y lo político, o incluso lo internacional, es posible que los desenlaces sean más escenarios de guerra civil y luchas internas que la era democrática. En países como Siria, la dictadura seguirá haciendo todo cuanto esté en sus manos por mostrar su fuerza, a costa de quienes tengan que morir, y de las potencias extranjeras mirando sin poder hacer mucho para evitarlo. En cambio, para varios casos como el de Arabia Saudita, e incluso Jordania o Marruecos, la Primavera Árabe quizás habrá pasado como uno más de esos episodios de la historia en los que los regímenes estables son amenazados por fuerzas de quiebre, pero en los que el poder del statu quo termina por imponerse.

El mundo deberá aprender varias lecciones. La primera: esperar a que las estaciones del año, y con ellas la historia de los sucesos, sigan su curso antes de detener los cuentos en finales que no lo son.

Twitter: @maurimm

Tomado de El Universal.
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